La promesa del control
La reciente elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030 ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión que atraviesa buena parte de América Latina: el ascenso de las llamadas nuevas derechas.
La idea parece intuitiva. Ahí están Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Donald Trump en Estados Unidos y ahora De la Espriella en Colombia. Para muchos observadores forman parte de una misma tendencia política que estaría redefiniendo el mapa ideológico de la región y del mundo.
Sin embargo, antes de concluir que todos forman parte de un mismo fenómeno, conviene detenernos un momento.
¿Qué tienen realmente en común?
Las crisis que los llevaron al poder son distintas y las soluciones que proponen también.
Milei llegó a la presidencia en medio de una de las peores crisis económicas de la historia reciente argentina, prometiendo combatir la inflación, reducir el tamaño del Estado y romper con una clase política considerada responsable del deterioro económico. Bukele emergió en una sociedad agotada por décadas de violencia criminal, ofreciendo orden y seguridad frente a un problema que los gobiernos anteriores parecían incapaces de resolver. Trump capitalizó malestares asociados a la migración, la globalización, la pérdida de empleos industriales y una creciente desconfianza hacia las élites políticas de Washington.
Entonces, ¿por qué solemos colocarlos dentro de una misma categoría?
Hace más de tres décadas, el sociólogo británico Anthony Giddens advirtió que las sociedades contemporáneas comenzaban a organizarse alrededor de nuevas preocupaciones: inseguridad, migraciones, transformaciones culturales, crisis de representación, globalización y desconfianza hacia las instituciones. No se trataba de la desaparición de la izquierda y la derecha, sino de la aparición de problemas que esas categorías ya no lograban explicar completamente.
Vista desde esta perspectiva, la llamada nueva derecha parece menos una doctrina coherente y más una familia de proyectos políticos que intenta responder a esos nuevos malestares sociales.
Si existe un rasgo común entre estas nuevas derechas, probablemente sea éste: la promesa de recuperar el control sobre problemas que amplios sectores de la sociedad perciben como fuera de control.
Control sobre la inflación y el deterioro económico.
Control sobre la violencia criminal.
Control sobre las fronteras y los flujos migratorios.
Control sobre instituciones que muchos ciudadanos consideran incapaces de responder a sus demandas.
Y quizá por eso resultan tan atractivas. Porque pocas promesas son más poderosas que la promesa de recuperar el control cuando una sociedad siente que lo ha perdido.
El caso de Bukele ilustra bien algunas de las tensiones que acompañan a estas nuevas derechas. Para sus simpatizantes representa una respuesta efectiva frente a la violencia criminal. Para sus críticos, un proyecto que puede debilitar derechos, libertades y contrapesos democráticos.
Probablemente ambas observaciones contienen parte de la verdad.
Y ahí aparece la pregunta verdaderamente difícil. No si estos proyectos son de derecha, de extrema derecha o de derecha radical, sino cuánto estamos dispuestos a conceder a cambio de la promesa de recuperar el control.
Porque una política de seguridad puede reducir la violencia y, al mismo tiempo, debilitar garantías jurídicas. Una reforma económica puede estimular el crecimiento y también aumentar desigualdades. Una política migratoria puede responder a preocupaciones ciudadanas legítimas y, al mismo tiempo, afectar derechos fundamentales.
Tal vez ésa sea la principal lección que deja el ascenso de las nuevas derechas. Comprenderlas exige algo más que etiquetarlas. Exige entender por qué resultan atractivas para millones de personas, qué problemas intentan resolver y cuáles pueden ser las consecuencias de sus propuestas para la democracia, los derechos y las libertades.
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