Hay que ser por lo menos de mi peña para recordar aquella serie animada ‘Here comes the Grump’ (‘Ahí viene Cascarrabias’) que, creada por un sádico criminal, fue causa de que mi generación sea básicamente una generación de paranoicos.
Entrábamos al estado por Calvillo; recuerdo que de vez en vez nos cruzábamos con un camión de carga, repleto de guayabas, cuyo aroma nos acompañaba un par, tres o hasta cuatro kilómetros.
Entiendo, que pasado el mentado Buen Fin, vienen las ventas verdes, las baratas nocturnas, los viernes negros, las baratas anuales y como es mi costumbre no pienso comprar.
Algunas felicitaciones, un par de llamadas, deporte matutino, comida frugal y una tarde llena de asuntos que sacar adelante: este artículo, por ejemplo, trabajos por revisar, preparar una clase.
De alguna manera el asunto comenzó a interesarme, como pasatiempo, como material de lectura. Bien visto la filosofía puede ser divertida, según se mire: desde Diógenes a la fecha, hay filósofos que, siendo unas lumbreras, podían ser muy divertidos.
Reflexiones o elucubraciones, llámelas como quiera y guste, de un insomne. A las 3.50 de la madrugada, una sensación de angustia me arrojó de la cama. Sabiendo que no dormiría más, siempre vuelvo a la idea del eterno retorno, y sigo pensando que es aterradora.